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Cristina Pacheco
Don Remigio me invitó a sentarme junto a él, en elquicio de la accesoria donde, bajo el letrero, de"Se vende", llevaba desde la mañana montando guardia. "Así que definitivamente se van. Quélástima", le dije. El maestro zapatero se volvió hacia el interior del tallercito desmantelado y su vozcobró resonancia de eco: "No es culpa de nadie; másbien consecuencia de los tiempos. Cambiany las costumbres de la gente también. Se lo he dicho milveces a Rosa, pero no entiende. Mírelacómo está: triste. Así no ganaremos nada. Antes alcontrario, perderemos lo único bueno que nosqueda: su salud".Don Remigio hizo una breve pausa y miró a su mujer.Rosa ocupaba la única silla al fondo dellocal. El espacio parecía doblemente desnudo, quizáporque en las paredes eran muy claras lassombras de los objetos que las habían decorado durante cuarenta años: plantillas, muestrarios,anuncios, imágenes de San Martín Caballero y retratos ininteligibles comidos por la luz.Tuve la impresión de que Rosa, sabiéndose observada, se sentía incómoda y decidí cambiar laconversación: "¿Qué le parecen las lluvias? Ya hay muchos damnificados en Veracruz".
Referencia: https://ecccsecundariaiq.files.wordpress.com/2014/05/cronicas-de-cristina-pacheco.pdf
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